14
ene
2015
9

Muerte para piano

Puedo decirte que si cierro
los ojos
aún la veo.
Incluso podría asegurar
que cuando me toco
el pecho izquierdo
siento un sabor en los labios,
a camino entre un beso
y veneno,
que me recuerda a ella.
Es más,
seguramente todas las flores
de esta ciudad
llevan su nombre
y las aceras echan de menos
el bailar de su falda
cuando sonríe con el cuerpo.
Porque sí, la boca no le basta
para ser feliz
a quien es más alma
que invierno.

Puedo confesarte que el día
que se fue
yo estaba durmiendo:
algo así como mirarla y soñarla
y creer en lo eterno.
Algo así como oír un portazo
y descender al infierno.
Algo así como en qué beso
dejaste de amarme
si yo aún te quiero…

Puedo presentarte a todas
las personas
en las que me he convertido
desde que sus manos
no guían mis pasos.
Odio a cada una de ellas.
Todas son mi ‘yo’ en el olvido.
Y me susurro en voz baja
(lo suficiente como para no oírlo)
que:
“desde que intento olvidarte
me doy cuenta
de que solo me gusto contigo”.
Pero claro,
ya es tarde
y solo me queda este cuerpo
en el que no me reconozco
sin ti.

¿Sabes?
También puedo mentirte.
Decirte, por ejemplo,
que yo quería que se fuera.
Que ya no la quería.
Que me había cansado
de esos ojos que cantan
cada vez que abre la boca,
de esa manera de buscarle
las cosquillas al mundo,
de su sonrisa pícara de
‘hoy no te voy a dejar dormir ni en sueños’.
Ya sabes, de sus cosas.
Que eran nuestras.
Y yo de ella.

Lo podría hacer.
Podría mentirte.
Pero entonces, qué hacemos
con el piano…
Porque no sé cómo lo ha hecho,
pero desde que se fue
se ha quedado sin voz.
Él y el mundo.

‘Y después de todo,
yo me pregunto
qué pueden saber del dolor
los que no te han perdido…’

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